12/11/09

Resumen de prensa 4



- Padre, confieso que he votado a favor de la aprobación de la ley del aborto.
- Pecador, vas a ser excomulgado.
- Pero si me arrepiento mucho y eso es lo que cuenta. Además, si no lo hubiera hecho me expulsarían de mi partido. Sólo sé hacer política. Sería mi ruina.
- Insensato, eso no es nada comparado con que te echen de nuestra comunidad. Te has jugado tu salvación eterna.
- Padre, deme la absolución, por favor. Que Dios es todo bondad.
- Bueno, venga, rellena un talón con una cifra importante y veremos qué se puede hacer. Y no metas más a Dios en estos asuntos. No empeores la situación.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano


11/11/09

Declive


No conozco a nadie que esté dispuesto a morir por nada ni por nadie. Quizás los padres y madres por sus hijos aunque no creo que todos. Ni muchos.
Es curioso que lo único que es seguro en la vida, lo único obligatorio se quiera o no, se afronte con tanta desidia, con tanto miedo. Morimos con muy poca dignidad. Los que quedan vivos son los que procuran que nuestra falta se convierta en algo memorable y exquisito, pero la muerte, hoy en día, es una mierda. Desaparecemos del mapa en hospitales llenos de gente esperando su turno como corderitos, en la cama solos, atropellados por un autobús o hasta las trancas de sustancias químicas que diez minutos antes nos hacían reír como anormales. Un desastre bastante asqueroso.
¿Dónde quedaron los ideales que nos hacían correr en dirección de una muerte que mereciera la pena? Las universidades se llenan de jovencitos que aspiran, como mucho, a ser delegados de curso; las empresas de trabajadores acojonados por si pierden un trabajo que es una esclavitud y en el que tienen que hacer todo tipo de cosas humillantes; los partidos políticos de cuatro trepas que sueñan con que alguien se fije en ellos para parecer algo más listos y más poderosos porque son incapaces de hacer la o con un canuto, los cafés de escritorzuelos solitarios intentando poemas de amor o algún texto en el que se puede leer (como algo extraordinario) que el autor soñó con cambiar el mundo cuando era niño, pero que se le pasó enseguida. Mierda y más mierda de vida. Y, por supuesto, mierda de muerte.
Pocos son los que regresan a las raíces, una y otra vez, para recordar de dónde vienen y el destino que les toca pase lo que pase por el camino. Pocos son los que no ocultan posturas peligrosas porque saben que diciendo esto o aquello no publicarán su novela, no ascenderán en el escalafón de la empresa o se titularán con una nota más baja aunque mucho más valiosa. Pocos son a los que les espera una muerte digna.
Durante siglos cientos de miles de personas buscaron algo lo suficientemente importante, potente, como para morir creyendo que su paso por el mundo merecía la pena. Hoy miles de millones parecen verlas venir, esperar a que esto se acabe y poco más. Triste, patético y preocupante. Todos acomodados en una sociedad que presume de bienestar y oculta que el precio es la felicidad de muchos que se consumen en su propia miseria aunque, eso sí, subidos en un Mercedes último modelo.
Me temo que nuestra civilización está en pleno declive. Cuando decidimos que era mejor tener que pensar, cuando la importancia pasó a lo material y lo espiritual se convirtió en algo extraño y cosa de locos, la cosa se puso fea. No quedan ideales a los que agarrarse salvo los individuales. No queda nada. Sólo quedan las familias como única cosa por la que luchar hasta el final. Aunque terminan siendo una razón más para acomodarnos en ese vivir bien con anteojeras. Y una muerte de mierda que convertirá nuestra vida en algo insignificante. Y una vida que convierte la muerte en un final vacío de sentido. En una mierda enorme.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

09/11/09

Miles de millones


Lo que esperamos de los demás es siempre lo que acaba con las relaciones. Sean del tipo que sean. Nadie tiene lo que queremos en el momento exacto, ni lo puede entregar de la forma que deseamos.
Espero esto y lo que recibo es aquello, y lo espero hoy aunque me llega mañana. Esperaba que me lo entregaran con cariño y me lo encuentro sobre la mesa sin una nota de él o de ella. Todo se derrumba. En realidad, todo lo destrozo.
Cuando espero algo lo hago olvidando si lo merezco, si he hecho todo lo posible para conseguirlo. Perder esto o aquello lo achaco a que el otro es un mierda sin corazón. No recuerdo todo eso con lo que he ido golpeando sin compasión hasta hacer tambalearse el mundo entero. Me cargo de razón, culpo al otro, arremeto contra él en reuniones con amigos comunes, entre los familiares, me convierto en víctima exclusiva. Asunto arreglado. Todo tiene un porqué, pero yo me ocupo de olvidarlo o de esconderlo.
Siempre que pienso en esto tengo en mente una imagen muy simple. Dos bolas metálicas se cruzan y siguen su camino. Dos bolas metálicas ruedan trazando caminos paralelos. Dos bolas metálicas chocan al encontrarse y toman direcciones distintas. Algunas se acercan entre sí al rodar , pero nunca puedo ver ninguna junto a otra moviéndose al mismo tiempo. Siempre encuentran un grano de arena que desvía a una, siempre el terreno es irregular e impide que el camino sea el mismo, siempre contemplo con tristeza cómo un leve roce envía una de las bolas metálicas hacia otro lugar. Y todo esto hay que saberlo o intuirlo si no quiero convertir mis relaciones interpersonales en un constante fracaso. Y todo esto hay que saberlo o intuirlo para entender que en cuanto encuentre una superficie más irregular mi dirección será otra. Aunque lo importante, lo verdaderamente tremendo, es que nunca las direcciones fueron iguales, ni siquiera parecidas. No, no lo fueron aunque lo proclamé a los cuatro vientos. Las bolas salieron de distintos puntos con caminos alejados y el azar las acercó para que se separaran poco tiempo después. Nunca las trayectorias fueron coincidentes.
Por eso no podemos esperar nada de nadie salvo lo que nos quieran entregar, como quieran hacerlo y en el momento que ellos decidan. En eso se fundamenta la verdadera amistad. Nada se espera, nada se promete, nada pasa si las direcciones cambian porque cada camino es exclusivo, único. Nada ni nadie tiene derecho a modificar a golpes las cosas, ni a dar esos golpes fingiendo no haber hecho nada por el camino.
Somos miles de millones de bolas metálicas rodando en diferentes planos. Cada una de ellas comenzó a moverse en un punto exacto y terminará de hacerlo en otro. Por el camino tendremos que cruzarnos, rozar, acelerar o frenar en seco. Y habrá momentos en los que fallemos, en los que nos pidan y no podamos dar porque nos alejamos gracias a un golpecito que me diste tú que ahora lloras con rabia. Durante un tiempo iremos ligeros junto a una nueva bola que, sin saber porqué, modificará el rumbo. Chocaremos con violencia con otras. Y un buen día pararemos en ese punto sin espacio ni tiempo. Esperando un puñado de cosas que nunca llegaran, sin poder entregar lo que nos pidieron, habiendo desperdiciado miles de oportunidades por acelerar a destiempo o frenar cuando era innecesario. Esperando o haciendo esperar. Perdiendo un tiempo que no teníamos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

08/11/09

El bostezo de Dios


Para mi hermano Antonio. Allá donde esté.
Parte primera.
Mi hermano se rasca la cabeza moviendo las manos muy rápido. Lo hace sentado en el borde de la cama, justo después de despertar. Dejé de recomendarle un buen lavado diario desde que se echo a llorar sin venir a cuento gritando que le tomaba por una persona sucia, que no entendía que despojarse de lo inútil era lo único que podría añadirle algo a la vida, que no andaba mal de la cabeza. Los trocitos de caspa van llenando las baldosas de terrazo. Alarga el brazo hasta el suelo y marca sus iniciales sobre la piel vieja hecha añicos. Sonríe. Me mira enseñando los dientes mal cuidados. Anda, ve al aseo y te arreglas rápido que hoy nos vamos un poco antes. Y toma el vaso de leche. Todo. Sale de la habitación corriendo, divertido. Antes de salir se sienta en la silla de la cocina esperando a que le lea un poema que no entiende nunca, pero que le gusta escuchar. No sabe porqué. Se coloca la mochila en la espalda con cierta dificultad. Una muda completa. Colonia. Un sobre lleno de papeles con números de teléfono (el mío, el del centro de día y el de mamá aunque no sirva para nada), cartillas sanitarias (dos), un teléfono móvil, pequeñas figuras de plástico que ha ido coleccionando durante el último año (Ironman, Capitán América (tres), Obelix, Hulk y cinco o seis guerreros espaciales a los que llama superbacterias estelares). Justo antes de llegar al cruce en el que tenemos que esperar me pregunta si Dios existe. Yo creo que sí, le contesto. Pues yo creo que no. Nunca lo he visto. Tampoco has estado en Brasil ni lo has visto y, sin embargo, crees que es real. Si Existiera Dios podría ir a trabajar a tu oficina. Se enfada y no quiere seguir caminando. Después de tantos años no sé qué decir. Ya son miles de contestaciones estériles. Me acerco, le abrazo. Tú eres Dios. Existes y me haces feliz. El autobús llega puntual. Vamos, te esperan tus amigos.
Se aleja. Inclino ligeramente la cabeza para poder pensar mejor. Siento ganas de llorar como cada mañana. Ya no sé si por pena, de alegría, por él o por mí mismo. Quizás porque le acabo de dejar ir y no me he subido en el mismo autobús.
Ahora, el segundo asalto.
Damas y caballeros, en la esquina de mi derecha el hombre que todo lo puede, bien, con calzón naranja, bien, ochenta kilos de peso, bien. En la esquina contraria la mujer que no recuerda nada de nada, bien, luciendo calzón amarillo, bien, cincuenta kilos de peso, bien.
Mamá está sentada con el rosario en la mano. Sara limpia el polvo. ¿Todo razonablemente bien? Asiente con la cabeza un par de veces sin mover un solo músculo de la cara. Mamá parece una figura de cera. Me acerco y la beso. Alberto, hijo, tienes que decir a tu padre que esta tarde tenemos que salir a comprar las sillas para la terraza. Así lo haré, tranquila. Alberto murió hace dos años. Papá seis meses. Y a ver si hablas con tu hermano. No aparece por aquí nada más que para pedir. Ese soy yo, pienso. Mamá, esta tarde vendré un rato. Si quieres podemos salir a pasear. Ya ha pasado la época de las alergias. No contesta. Tiene los ojos entrecerrados, aprieta la cruz con fuerza. Creo que está llorando, supongo que sin saber la razón.
La oficina en la que trabajo me recuerda a una jaula del zoológico. Apenas tiene ventanas y las pocas que hay dan a un patio de luces mugriento. Estamos en el lugar de los reptiles. Alguien debería pensar que una mano de pintura en las paredes no está de más cada cinco o seis años. No pasados veinte o treinta. Somos pocos empleados. Doce. Invisibles entre nosotros. Y un par de jefes que no utilizan el látigo porque para eso tienen las amenazas. Más discretas y no dejan marcas visibles en el cuerpo. Apenas hablamos unos con otros. Dejé de hacerlo el día que, diez minutos después de decirlo, uno de los jefes sabía lo que realmente pensaba de él. Siempre hay un día en el que dejar de hacer las cosas por una cosa u otra.
Frente a mí está Rosa. Es la mujer farmacia. Si te ve mala cara o le parece que es necesario según su criterio (hay que alegrar la vida aunque sea a base de mierda, suele decir) abre su pastillero y te ofrece desde calmantes musculares hasta anfetaminas pasando por todo tipo de medicamentos. Incluido alguno que recetan los veterinarios. Ahora charla con Miqui. Egocéntrico y algo paranoico. Es el rey de las máquinas tragaperras. Si alguien le pidiera que recordara el último día que trabajó un poquito tendría que recurrir a la hipnosis regresiva. O a Rosa y su pastillero. Una alhaja de compañero. Discuten sobre un papel que nadie encuentra. Diez contra uno a que lo tiró por el inodoro diez minutos después de recibirlo. Rosario le ofrece un lexatin. Dice que le nota algo en la vista que no es propio de su edad. Asunto arreglado. Ahora buscarán como endosar a la becaria el problema. Eso y una buena dosis de culpabilidad que no podrá resistir sin llorar más de treinta segundos. Las becarias tragan con lo que les echen y lloran. No saben hacer otra cosa.
Pasan las horas. Desgana, tristeza. Gritos por no sé qué cosas. La luz del tubo fluorescente parpadea insistente. No alcanzo a saber si podré soportar un minuto más. Aquí no hay nadie que se me acerque para decirme que soy un dios más mientras me abraza. Siento ganas de llorar. Tengo una razón poderosa para hacerlo. Siempre que valoro un par de horas de mi vida la tengo. Quizás a mamá le pasa lo mismo. A veces tengo la sensación de que Dios movió las manos para moldear al hombre y, antes de acabar, se sacudió un pequeño trozo que le molestaba. Nos falta algo. Unas veces se siente más, otras menos, en alguna ocasión la tara aparece siendo viejo. O durante la niñez. Supongo que, después, se sintió solo y se echo a dormir. Hasta ahora. Por siempre jamás. El tiempo pasa despacio. De camino al baño (quinta vez) me fijo en la figura que tiene uno de los jefes sobre la mesa de su despacho. Es la superbacteria estelar que nunca encuentra en la tienda mi hermano pequeño. Desea una igual como si se tratase de un tesoro inca. Al regresar no dudo. Perdón, ¿tiene un momento? Me mira por encima de las lentes, sin contestar. Sólo quería saber dónde ha comprado esa figura. Es una mierda de mi hijo. La agarra y la lanza a la papelera bufando. No, digo casi gritando. Hay que joderse que empleados tengo en esta puta oficina. Venga, a trabajar, coño. Déjate de figuritas. A trabajar. Ahora el tiempo pasa mucho más despacio. Quiero que se vaya todo el mundo para recuperar el tesoro inca. La hora en punto. Saltan de sus sillas como resortes. Él no. Tengo que salir. Me espera mamá. Más tarde el hermano. Y necesito la superbacteria. Me acerco. ¿No creerás que vas a cobrar estos minutos extras? No, no se preocupe. ¿Le importa regalarme el muñequito que tiró a la papelera? Joder, pero ¿tú a qué te crees que nos dedicamos aquí? No digo nada. Lo que deberías es trabajar un poquito. ¿Quién te has creído que eres? Dios, le digo, un pequeño dios, tan dios como tú mismo. Soy mi hermano, mi padre, cualquier cosa menos yo mismo. Dame la figurita ahora mismo. Me mira con expresión aturdida. Dame la puta bacteria interestelar, coño. Se inclina y remueve los papeles. Me entrega la figurita. Antes de salir le escucho decir algo sobre el despido aunque no espero a que termine la frase.
Sara ha maquillado a mamá. Discreto el color de los labios, discreto el color de los carrillos, discreto el color de los párpados. El pelo recogido con una goma. Vamos a pasear el mundo, mamá. Avanzamos despacio hasta la parada del autobús. El niño llega poco después. Uno a la derecha, la otra a la izquierda. Paramos para descansar. Nos sentamos en un banco. Mamá comienza a rezar. Te he conseguido la superbacteria que querías. Se la entrego. Mira la figura con atención, frota la cabeza de plástico con la yema del pulgar. Con un movimiento nervioso abre la mochila y lo coloca junto al resto de figuritas. Mantenemos el silencio como una puesta de sol.
Al llegar a casa de mamá me encuentro una nota en el mueble de la entrada. Sara no piensa volver. Sólo para cobrar lo que le debemos de este mes. Hoy dormirás con nosotros, mamá. Busco su camisón y las cuatro cosas necesarias para que pueda pasar la noche. De nuevo en la calle. Los edificios se alargan formando una bóveda a punto de desplomarse.
Entro en la oficina. Todos miran, se levantan con lentitud, no saben qué se dice en estos casos. Sonrío. Este es mi hermano pequeño. Ella mi madre. Siento a mamá en mi silla. Mi hermano no quiere soltarme la mano. Acompáñame, anda. Buenos días, vengo a por la cuenta. Apoya los codos en la mesa, cruza las manos y apoya la barbilla en ellas. Sin mirarme. No tengo dónde dejar a mi madre, por eso los he traído a los dos. Me dice que me tome un par de días de descanso, que no me los descontará del jornal. No, no me voy a tomar nada, quiero mi cuenta. Asiente. Abre el primer cajón y saca una carpeta. Firmo sin leer. La cifra del talón me parece suficiente. Calculo que puede durar tres meses. Parece ser que Dios se acaba de despertar. Salimos. Me dan ganas de volver atrás y lanzar unos cacahuetes a esos desgraciados. Paseamos hasta llegar a un restaurante en el que nunca he comido. Nunca me pareció que me lo pudiera permitir. Mamá cree estar con mi hermano Alberto celebrando un ascenso en su empresa. Mi hermano pequeño ha colocado a todas sus superbacterias estelares entre los platos y copas. Van muriendo a medida que los seres malignos van llegando con sus armas mortíferas (camareros con cara de no comprender nada al ver como una figurita salta por los aires cada vez que se acercan entre risas de su dueño). Interpreto el papel de Alberto con pulcritud. Disculpo con una sonrisa y cara de amabilidad el jaleo que está organizándose en la mesa a causa de la terrible batalla cósmica. Después de tomar un café pago. Nos miran desde todas las mesas. Salimos. Hoy iremos a casa en taxi.
Ya se han acostado. Enciendo un cigarrillo. Cierro los ojos. Pienso. La suerte está echada.
El camión de la basura arranca, para, vuelve a arrancar. Los cubos de basura vacíos se volverán a llenar. Un niño, puede que sea un recién nacido, llora. Poco después su padre grita que no puede más. El sonido de un transistor. Será el de Anselmo. Viejo, viudo, solo, mucho más viejo cada noche por no dormir.
Los sonidos quedan por siempre jamás en el aire. Quizás alguien pueda volver a escucharlos algún día. Quizás alguien pueda explicar qué fue lo que pasó.

Parte segunda.
Han pasado sesenta y tres días. El dinero no da para más. La pensión de mamá es corta y apenas cubre lo que necesitamos para comer. Dejé de pagar el alquiler de la casa de mamá desde el primer momento. Pagar el colegio del niño se hace imposible. Todo es imposible.
Ahora duermen. El rosario de mamá en la mesa junto a las gafas que se pone para poder ver la televisión. Mira, escucha, no entiende nada aunque escucha con atención. Ríe o llora a destiempo. No creo que sea feliz. Las superbacterias estelares esparcidas por el salón. Han vuelto a sufrir un ataque implacable de seres superiores. No ha sobrevivido ninguna a pesar de sus poderes. Siempre pierden los buenos. Podría ser al revés, pero elige una derrota tras otra.
Ordeno el salón. Con esmero, despacio. Cada cosa en el lugar exacto que debe ocupar. Limpio el polvo. Recojo las migas que hay alrededor de la mesa con la mano. Continúo con el resto de la casa.
Abro la última botella de cerveza. Está fría. Un solo trago. Dejo la botella vacía sobre la mesa intentando no hacer ruido. Siempre quise ser honesto con todos, con todo. Esta vez buscar una solución es absurdo. Hasta aquí he llegado, no puedo hacer más. No quiero hacer más. ¿De qué sirve un parche cuando el tejido está desgarrado por completo? Lo decente es renunciar. Si no soy capaz tendrán que ser otros lo que lo intenten. El hastío lleva a la decepción, poco después a la desesperación. Dios despertó, bostezó y poco más. Y yo no soy Dios, ni mi hermano es Dios, nada lo es. Al fin y al cabo ellos no se enteran de nada.
Abro la ventana. El frío es intenso. Los visillos se llenan de aire limpio. Me rozan la cara. Molestan. Todo parece estar en orden. Personas caminando, vehículos circulando, las luces de los semáforos van cambiando al ritmo de siempre. Una nube cubre la mitad de la luna. Parece no moverse.
Entro en la habitación de mamá. La beso en la frente. No se mueve.
Entro en la habitación de mi hermano. Le beso en la frente. No se mueve.
Coloco las figuritas en formación de combate esperando un nuevo ataque. Limpio las gafas de mamá. Cierro las patillas y las dejo sobre la mesa. Las lentes hacia arriba. Camino por el pasillo arrastrando las yemas de los dedos por las paredes. De nuevo frente a la ventana. La nube ya no está. La luna es mucho más pequeña. Menos gente en la calle, menos vehículos, las luces de los semáforos a lo suyo.
Apoyo las manos en el alfeizar e inclino ligeramente el cuerpo. Miro hacia abajo. Imagino el cuerpo cayendo, el corazón latiendo mucho más rápido que ahora, adrenalina. Cierro los ojos. Comienzo a alzar la pierna.
Mamá tose. Me llama. Parece alterada. Giro sobre mí mismo. Echo a correr. Un mal sueño. Le acaricio el pelo enredado. Suspira. Sonríe. Alberto, hijo, dice antes de cerrar los ojos de nuevo.
Cierro la ventana. Hoy iré a ver al mierda de mi jefe. Tendré que decir que sí a todo. A todo aunque la superbacteria de mi hermano se queda donde está. Tomaré las pastillas de Rosa, bajaré a desayunar con Miqui para que me cuente que él hubiera hecho esto o aquello. Siempre mejor que yo.
Enciendo un cigarro. Creo que Dios finge estar dormido. Creo que nosotros fingimos estar vivos, que fingimos hacer lo que creemos que tenemos que hacer. Me llamo Alberto. Dios es mi hermano.
El camión de la basura arranca, para, vuelve a arrancar. Los cubos de basura vacíos se volverán a llenar. Un niño, puede que sea un recién nacido, llora. Poco después su padre grita que no puede más. El sonido de un transistor. Será el de Anselmo. Viejo, viudo, solo, mucho más viejo cada noche por no dormir.
Escucho y no soy capaz de explicar nada. Tendrá que ser otro.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

07/11/09

Por fin


Después del tremendo desbarajuste que supone reencontrarse con uno mismo, la pluma comienza a funcionar de nuevo. Con torpeza, casi con desgana por saber que no existe la distancia necesaria como para escribir una sola línea que merezca la pena. Siempre he defendido que escribir es arriesgar, pero hoy no hay nada que pueda manejar como moneda de cambio para mirar desde otro lado, desde el lugar adecuado. Porque también defiendo con toda la fuerza que puedo que lo privado está muy alejado de la literatura. Lo mío no puede convertirse en nada que vaya más allá de un simple diario sin interés alguno. Ese ansia ya pasó cuando dejé atrás la juventud.
Lo irreal no está. Todo se nutre de lo tangible o de lo transcendente y cierto. Apenas caben fantasías porque no hay hueco. Nada que distorsione lo que procura tranquilidad aparece para quedarse. Ya habrá mejores momentos. O no. De momento, ni lo sé ni me importa. Los pies en un suelo endurecido a base de silencios, de soledad y, sobre todo, de renuncias.
Pero la cara amable también está. Aprendí a dibujarla hace mucho tiempo. Incluso sobre un horizonte lleno de estorninos volando alrededor de un sol apagado. Bandadas de miles que se reducían con cada trazo obstinado. Tan sólo se trata de creer en lo que no ves un poco más allá. He tenido la poca fortuna de asistir a grandes fracasos ajenos y todos, todos sin excepción, se adornaron con esa falta de intuición. Todo está más allá. Hay que aprender a ver lo oculto aunque no esté al alcance de la vista. Está.
Escucho a la joven Gimena riendo. Juega con su hermano mayor. Ya ha dejado de ser el adolescente de la familia (al menos ha dejado de ejercer) y es el hermano mayor a secas, envidiado y perseguido por sus hermanos a todas horas. El puesto de adolescente insoportable lo ocupa ahora Guillermo. Y Guzmán juega tranquilo. Como siempre.
Hoy son el más allá. Mi tabaco, mis estilográficas, la música que llega desde el patio porque los muchachos que ocupan el piso de enfrente ensayan sin descanso, las preocupaciones por lo cotidiano, todo lo próximo es el más allá. La intuición tiene sus propios límites. Los que le faltan a lo irreal.
Por fin la cara amable. Hoy no hay literatura, pero todo se llena conmigo. Por fin.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

01/11/09

Excusas, reproches y corazas


Vivo entre excusas. Todos a los que miro llevan añadido una enorme, maravillosa e infalible razón por la que su existir roza la perfección, les convierte en inocentes y, es más, les permite convertir cualquier problema en cosa de otros, culpa de otros. Da igual lo que haya sucedido. “Es que tú”, “esto no hubiera pasado si tú”, cosas así suelo escuchar cada día. Es curioso que tanto tú aparezca cuanto más se piense en el yo. Reprochar parece la mejor forma de evitar cualquier conflicto interno y el yo crece sin que nada ni nadie pueda pararlo. Gran error eso de pensar que si destruyo al otro yo me libro de la quema.
Seguramente me pase a mí lo mismo. Pero, al menos, me paro a pensar sobre ello, intento analizar las causas de una actitud tan lesiva, tan destructiva. Al menos sé que lo puedo estar haciendo o lo puedo llegar a hacer. Al menos procuro dejar la soberbia a un lado para reflexionar un momento aunque luego no sirva de gran cosa.
Cargarse de razón (si es que existe eso) es lo más lamentable que le puede suceder a nadie. Puedes llegar a dejar de querer a otros, creer que eres una especie única en el universo a la que los demás deberían alabar constantemente, convertir a los otros en un grupo de seres a los que no tienes más remedio que aguantar de forma piadosa. Es nauseabundo.
Yo parezco estar en esas a menudo. Sin embargo, sé que no, que puedo mantener posturas más o menos rígidas hasta cierto límite para luego ceder parte de lo que creía intocable, que necesito de los que me rodean para poder salir adelante. Cargarse de razón no es lo mismo que parecer estar hasta los topes de ella. Además, desconfío mucho más de los que no se dejan ver, de los que parecen amables cuando, en realidad, son marmolillos con su verdad a cuestas. Así que me considero hasta inofensivo al lado de algunos que tengo cerca.
Detesto las excusas porque son la máscara del reproche. Y detesto el reproche porque creo que es lo que puede llevar a la infelicidad por el camino más corto. Es, sin duda, lo más insoportable que se puede encontrar el ser humano por el camino.
Hoy he vuelto a sacar la coraza del armario. Llevaba algún tiempo guardada. Está visto que, por muchas esperanzas que pongas en esto o aquello, lo que hay es muy difícil de modificar. La llevo puesta, bien montada, si fisuras. Y miro el camino que espera. Respiro fuerte, comienzo a caminar y puedo ver desde donde estoy como me voy haciendo pequeño a medida que avanzo por el sendero.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

28/10/09

Lo que nos espera después de la muerte


- ¿Por qué insistes en quererle? Él no te ama, no ha sabido perdonarte, a cualquier problema le pone tu nombre. Si continuas por ese camino terminarás despeñándote.
- Insisto en sobrevivir.
- ¿Fingir un amor maravilloso es lo que se te ocurre para salir adelante?
- Tengo el corazón seco, cuarteado. Estando con él, al menos, sé que nadie más podrá hacerme daño. Ya me he acostumbrado a este daño.
- Te estás matando.
- No, eso ya pasó hace mucho tiempo. Ahora lo que espero es tener un momento de paz.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano